¿Votamos por convicción o por necesidad?

Hace algunos días conversaba con mi esposo sobre política. Él me decía que no entendía cómo algunas personas podían votar pensando únicamente en el presente, sin detenerse a pensar en las consecuencias que puede tener elegir a determinado gobernante durante cuatro años: en la economía, el empleo, la educación, la seguridad, la estabilidad de un territorio y, en general, en la vida de millones de personas.

Yo le respondí algo que para mí como politóloga explica una parte importante de nuestra realidad: Muchas personas no votan desde la convicción; votan desde la necesidad. Y esto se hace especialmente evidente en los sectores más vulnerables.

Una persona que no tiene empleo, que tiene dificultades para alimentar a sus hijos, que necesita pagar un arriendo o resolver una urgencia, puede terminar aceptando $100.000 a cambio de su voto. Tal vez sabe que ese candidato difícilmente solucionará sus problemas durante los próximos cuatro años, pero la necesidad de hoy pesa más que la promesa de un futuro mejor.

Y aquí aparece una paradoja:

Lo que para el ciudadano puede representar una ayuda urgente, para un político puede convertirse en una inversión.

Si un candidato compra votos, recuperará esa inversión durante su periodo de gobierno a través del presupuesto público, los contratos, las decisiones administrativas y el acceso a los recursos y espacios de poder.

Mientras tanto, la necesidad permanece.

Y cuando llegan nuevamente las elecciones, esa misma necesidad puede volver a convertirse en moneda de cambio.

Pero entonces debemos hacernos una pregunta mucho más profunda:

¿Realmente elegimos libremente?

Porque la influencia del poder no siempre llega en forma de dinero.

También está en los medios de comunicación, en las redes sociales, en la publicidad, en los discursos, en quienes tienen mayores recursos para hacer campaña, en los temas que logran instalar en la opinión pública y hasta en aquello que nos hacen creer que debemos temer o defender.

Los ciudadanos creemos que entramos a las urnas únicamente con nuestras convicciones. Pero muchas veces llegamos allí después de años de vivir determinadas condiciones económicas, sociales y políticas y de recibir constantemente mensajes que pueden influir en la manera en que interpretamos la realidad.

Por eso, quizá el debate no debería ser solamente por quién votamos, también deberíamos hacernos preguntas como:

  • ¿Quién está construyendo las condiciones que determinan cómo votamos?**
  • ¿Votamos por nuestras convicciones?
  • ¿Votamos por necesidad?
  • ¿Votamos por miedo?
  • ¿Votamos por esperanza?
  • ¿O, sin darnos cuenta, terminamos votando a favor de los intereses de quienes tienen más dinero, más poder y mayores posibilidades de influir en nuestras decisiones?

La democracia no termina cuando depositamos el voto.

La democracia también exige aprender a reconocer quién influye en nuestras decisiones y preguntarnos si realmente estamos eligiendo nosotros.

¿Tú qué piensas? ¿El ciudadano es realmente libre al votar o el poder ha aprendido a utilizar nuestras necesidades para decidir quién llega al poder?

“Lo que para el ciudadano puede representar una ayuda urgente, para un político puede convertirse en una inversión.”

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